Wednesday, May 02, 2007
Cafe solo
Existen dos tipos de personas: las que te miran a los ojos al hablar y las que no. Yo, naturalmente, me sentía atraída por las primeras pero cuando te conocí obvié tu defecto. Yo te miraba a los ojos al hablar. Tú me mirabas un poco más abajo, justo allí, en el escote. Pasaron los días y me fasciné con esos ojos azules que me recordaban al mar, los mensajes en las botellas y a las hogueras de san Juan. Pero tú seguías mirándome en el escote mientras te acordabas, digo yo, de peras, melones, piñas y melocotones. Intenté captar tu atención con mis ojos, pero se ve que el marrón no era tu color favorito o que mis ojos no eran lo suficientemente grandes. Te conté historia a cerca de monstruos y princesas, de damas y vagabundos y de reyes y bufones con mi mirada pero tú, mientras afirmabas con la cabeza y decías algún que otro monosílabo por educación, no te enteraste de nada. Tus ojos seguían focalizados en mi pecho. Al cabo de un par de días más me di cuenta de que tus ojos ya no eran tan azules como creía y que tan siquiera me recordaban a nada. Pero tu mirada seguía allí, en ese punto, insistiendo erre que erre y empecé a sentirme incómoda. Decidí que ya no quería mirar a esos ojos imperceptibles y te dije, mientras te cogía la barbilla para situarlos a la altura de los míos, que ya no te quería ver más. Desde entonces prefiero el café sólo.
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vivencias